Cuando los velorios antiguos eran entretenidos y deliciosos

Nuestros antepasados si que actuaban de manera extraña: comían y bebían mientras algunos lloraban a sus muertos, otros jugaban y trataban de conseguir pareja en pleno velorio...o tal vez los extraños somos nosotros.

Las ciudades industriales de los dos siglos anteriores eran lugares excesivamente poblados, muchos de sus habitantes llegaron a las urbes con camas y petacas en búsqueda de trabajo y la cultura campestre se mezcló con la industrial resultando una explosión de costumbres y tradiciones extrañísimas para nosotros, como la forma de enfrentar la muerte; comiendo, bebiendo, jugando y hasta enamorándose.



Hambre?

En la cocina estaba todo pasando; el caldito, es decir, la cazuela, estaba casi lista y pronto se servía en platos hondos de loza (algunos con llamativos diseños). Una vez acabada la cazuela venía el guiso; este consistía en tallarines, generalmente, acompañados del mas delicioso pan del universo; el pan minero.

El pan que se servía en un velorio llevaba carne, mucha carne, o bien pan solo, el cual era untado en el caldo.

Todo el menú ya nombrado era muy popular al menos en esta zona de Chile, y como los de por acá eran bastante creativos, dentro del casi infinito diccionario de palabras autóctonas, el menú del velorio se llamaba cacheteo. Bueno, dice la historia que fueron los jóvenes de la zona quienes le llamaron así de un principio, y aunque hoy es ya una palabra casi extinta, esta fue pronunciada por mas de un siglo y medio.

Alcohol, mucho alcohol

Pues claro, no hay comida sin bebida, por eso, nuestros antepasados inventaron el mejor acompañamiento a la comida del velorio. Mientras algunas mujeres lloraban al difunto, otros comían y otros bebían...y del juerte.

La bebidas que componen este extraño menú; vinitos; del tinto y del blanco y el gloriao, una bebida fuerte, típica de los mineros. Hic!

Todo el licor se guardaba en el lugar mas oscuro de la casa, bien cerrado, en las típicas damajuanas, las que siempre se encontraban llenitas en caso de emergencia.





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Charchazo en los cachetes

Ajuerita de la casa estaba todo pasando, como no cabían todos dentro de la pequeña zona donde estaba el féretro, se mandaba a los cabros a jugar pa ajuera. Así, en medio de risas adolescentes, salían a la luz los mas divertidos y curiosos juegos.

La Palmas era un juego solo para machos; un tipo se sentaba y ponía un sombrero boca arriba sobre sus piernas, otro cabro se agachaba y metía la cabeza en el, hasta que de pronto...charchazo en los cachetes ¿quién habrá sido? esa era la idea, adivinar, y cuando lo hacía el sorprendido tomaba su lugar.

Pero, qué gracia tiene un juego si no hay inclusión femenina? pues que vengan las mujeres!

Las chicas llegaban con su encanto para jugar al palito de fósforo; es decir, el cabro lleno de hormonas intentaba sacar el palito de la boca de la casta señorita, sin tocar los labios, si había contacto el muchacho pagaba con prenda o penitencia.

Hasta yo recuerdo que a mediados de los 90, cuando falleció mi abuela, en pleno velorio, a eso de las 1 de la madrugada como mil cabros jugábamos afuera del pabellón a la tartaramuza, a las penitencias y a la escondida. El velorio de mi abuela fue el lugar ideal para conocer a familiares lejanos. Cuándo me hubiera imaginado que tenía tanto primo dando vuelta por este país!?


Mas comida camino al cementerio

Deo meo, nuestros antepasados eran wenos para comer, demasiado buenos. 

El día del cortejo todos partían a pie hasta el cementerio, pero como el camino era bien largo y con pronunciada pendiente, era necesario detenerse a descansar a la sombra de algún árbol. Allí, luego de poner una pequeña cruz en el tronco elegido, llegaba la mejor parte; mas comida.

La mujeres eran las encargadas de llevar las fuentes con la vianda que quedaba del día anterior, asi que, se extendían los manteles en el suelo, se dejaba al ataúd del muertito bajo la sombra y cual dia de campo, en medio de risas y canciones acordes, todos comían.




Y mas comida

Luego de que el difunto ya había sido dejado en su respectivo lugar y cuando ya era momento del regreso a casa, se llevaba a cabo el curioso ritual del malayeo, el cual consistía en servirse la malaya con ensalada de repollo y el infaltable queso fresco.



Las costumbres mortuorias están desapareciendo y otras transformándose drásticamente. Por ejemplo, antes se llevaba el ataúd sobre los hombros de familiares, luego sobre un carrito tirado por algunas personas y mas tarde ya dentro de una carroza. Lo mismo sucede hoy con el tradicional descanso antes de llegar al cementerio y con lo que esto conlleva, es decir, todo el ritual de la comida ha desaparecido (al menos en nuestra zona) casi por completo.






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